Cómo trabajamos en el taller
Cada unidad entra con una planilla donde se anotan número de motor, chapa, tipo de pintura y estado de los interiores. Esa ficha queda en el archivo del taller y se actualiza en cada visita, así el dueño ve qué se hizo y qué conviene postergar.
No se saca una pieza sin haber discutido antes qué se conserva y qué se reemplaza. En autos con repintados históricos o reparaciones de época, esa conversación evita borrar marcas que forman parte de la historia del vehículo.
El trabajo se divide en tramos: mecánica, chapa, pintura, tapicería y armado final. Cada tramo se cierra antes de abrir el siguiente, con un informe breve de lo realizado y una estimación de tiempos realista según repuestos disponibles.
Las fotos se toman en el mismo ángulo y con la misma luz para poder comparar avances. Sirven para el dueño, para el archivo del taller y para cualquier tasación o trámite posterior que necesite respaldar el estado real del auto.
Cuando una pieza no aparece, se evalúa reparar la original antes de comprar una reproducción. Trabajamos con torneros, cromadores y tapiceros de la zona que conocen los materiales de época y respetan las medidas originales.
El auto se devuelve con la ficha completa, las fotos ordenadas por etapa y una lista de tareas pendientes para el próximo año. Así el mantenimiento deja de depender de la memoria y se vuelve una rutina concreta.
Si querés ver cómo aplicamos este orden en un caso concreto, podés leer quiénes forman el equipo del taller o escribirnos desde la página de contacto para coordinar una primera revisión.
Cada auto entra al taller con su propio expediente. Antes de tocar un tornillo registramos qué hay, qué falta y qué conviene dejar como está. Estas son las etapas que seguimos, con los tiempos reales que suelen aparecer en el camino.
Primeras dos semanas. Se fotografía el estado general, se miden espesores de chapa en puntos fijos y se listan faltantes con nombre técnico. Si el auto llegó con papeles, se archivan; si no, se anota igual para no perder el rastro. El legajo queda abierto y se actualiza en cada visita.
Entre la tercera y la sexta semana. Se revisa motor, caja y tren delantero sin desarmar de más. La idea es distinguir entre lo que falla por uso y lo que falla por abandono, porque el criterio de intervención cambia. Acá suelen aparecer reparaciones viejas que conviene documentar antes de decidir si se conservan.
Una reunión, a veces dos. Se presenta el legajo, se marcan las zonas críticas y se acuerda qué se restaura, qué se preserva y qué se deja como testigo del paso del tiempo. No todos los autos piden lo mismo: un ejemplar de uso familiar no se trabaja igual que uno de competición.
De tres a ocho meses según complejidad. Chapa, pintura, interiores y mecánica avanzan en paralelo cuando se puede, pero nunca se pinta antes de cerrar la estructura. Cada frente tiene su ficha con fotos de avance y observaciones de taller. Si aparece una sorpresa, se frena y se consulta.
Últimas semanas. Se prueba el auto en condiciones reales, se ajusta lo que quedó flojo y se entrega el legajo completo: fichas, fotos, muestras de color y notas de cada decisión. Ese archivo es tan importante como el auto, porque explica por qué se hizo cada cosa.