Un Torino o un Falcon de los años 60 no se desarma sin leer antes qué hay debajo. Medimos espesores de chapa, revisamos soldaduras viejas y anotamos cada reparación previa. Si el auto ya fue intervenido en otra época, eso también es parte de su historia y no lo borramos por costumbre.
La alternativa habitual es cambiar el panel entero porque es más rápido. Nosotros evaluamos si ese guardabarros original todavía aguanta. Muchas veces sí, con tratamiento anticorrosivo y refuerzos bien hechos. Reemplazar de más es la forma más silenciosa de perder un auto clásico.
Cada auto sale del taller con una carpeta: fotos de cada etapa, muestras de color, productos usados y observaciones de mecánica. No es marketing, es lo que después permite defender una decisión de restauración frente a un futuro dueño o en una exposición.
El cuero original de un 404 o un Chevrolet 400 no se recupera con silicona. Distinguimos entre suciedad, resequedad y cuero quebrado, y tratamos cada caso distinto. Si una costura está visible, muchas veces la dejamos: la pátina también comunica.
Carburadores, encendido por platinos, frenos a tambor. Trabajamos con repuestos de época cuando existen y con fabricación nacional cuando no. No adaptamos un clásico a tecnología moderna si eso rompe su lógica original, salvo pedido explícito y documentado.